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El cerebro en desuso: cuando la tecnología piensa por nosotros

La sobreexigencia de la cognición por las innovaciones tecnológicas continuas puede llevar al desuso

El cerebro en desuso: cuando la tecnología piensa por nosotros

La sobreexigencia de la cognición por las innovaciones tecnológicas continuas puede llevar al desuso

Habría una pérdida de habilidades cognitivas por desuso, consecuencia de la menor utilización de determinadas funciones intelectuales. Esto no es completamente nuevo. 

Desde hace décadas, la incorporación de las calculadoras redujo la práctica cotidiana del cálculo mental y de operaciones como la división, la suma o la resta, favoreciendo una suerte de analfabetismo aritmético funcional: conocemos esas operaciones, pero cada vez dependemos más de un dispositivo para realizarlas.

Algo semejante ocurre con la orientación espacial. El uso permanente del GPS puede disminuir el ejercicio de los mecanismos mentales necesarios para construir mapas internos, recordar recorridos y ubicarnos en el espacio. Incluso habilidades que en otras épocas se consideraban indispensables, como memorizar las tablas de multiplicar o dominar determinados procedimientos de cálculo, han ido perdiendo importancia sin que ese cambio produzca hoy la preocupación que habría generado décadas atrás.

El principio de "use it or lose it" también puede aplicarse a determinadas funciones cognitivas. Aquellas habilidades que dejan de ejercitarse de manera habitual pueden perder fluidez, rapidez y automatización, en un proceso que puede describirse como desuso o desentrenamiento cognitivo. No se trata necesariamente de una pérdida estructural, sino de una menor eficiencia funcional de circuitos que reciben cada vez menos entrenamiento.

La descarga cognitiva y el avance de la inteligencia artificial

El fenómeno se extiende ahora a capacidades cognitivas de mayor complejidad. Los correctores automáticos pueden disminuir el ejercicio espontáneo de la ortografía y la construcción gramatical, mientras que la inteligencia artificial permite delegar tareas vinculadas con la escritura, la memoria, el aprendizaje, la síntesis y hasta la creatividad.

Cuando una herramienta no solo nos ayuda, sino que reemplaza sistemáticamente el proceso intelectual, aparece el riesgo de un desentrenamiento de esas funciones. La generación automática de textos, poesías, argumentos o interpretaciones puede ahorrar esfuerzo, pero también reducir las oportunidades de elaborar ideas propias, buscar palabras, organizar conceptos, memorizar información y construir nuevas asociaciones. El desafío de la IA no sería entonces solamente qué nuevas capacidades nos brinda, sino también qué capacidades dejamos de ejercitar cuando comenzamos a delegarlas.

Con la inteligencia artificial aparece además un fenómeno más amplio: la descarga cognitiva (cognitive offloading), es decir, la transferencia hacia una herramienta externa de funciones que antes realizaba el propio cerebro. Así como el GPS puede reemplazar parte de la orientación espacial y los buscadores parte del esfuerzo de evocación, la IA puede asumir tareas de escritura, síntesis, búsqueda, organización e incluso razonamiento y toma de decisiones.

El riesgo no está en utilizar estas herramientas, sino en que su uso permanente sustituya el ejercicio de determinadas capacidades. En ese caso podría producirse un desentrenamiento cognitivo secundario a la descarga cognitiva, con menor práctica de procesos como la memoria de trabajo, la elaboración conceptual, el juicio crítico y la integración de información.

Tecnología, cerebro y desarrollo cognitivo

El aprendizaje y el desarrollo del cerebro, cruciales para nuestra evolución, están siendo influidos significativamente por la tecnología. La era de la tecnología y la inteligencia artificial nos ha llevado a un punto crítico en la evolución humana, donde la subjetividad y el libre albedrío se encuentran en un delicado equilibrio con los avances tecnológicos. Nuestra subjetividad, aquello que nos hace únicos, está cada vez más influenciada por factores externos como las redes sociales, la globalización y la tecnología.

La neurociencia ha revelado que el cerebro humano es una estructura compleja, con casi cien mil millones de neuronas. Esta complejidad subyace a nuestra capacidad para tomar decisiones y ejercer nuestro libre albedrío. Sin embargo, la inteligencia artificial y la tecnología informática están influyendo en nuestro cerebro de maneras sin precedentes, introduciendo reemplazos por la tecnología y afectando nuestras funciones cognitivas. La sobreexigencia de la cognición por las innovaciones tecnológicas continuas puede llevar al desuso y/o a un agotamiento del sistema nervioso.

El desarrollo cognitivo infantil depende de ventanas de oportunidad que requieren estimulación sensorial, social y emocional adecuada. La reducción del contacto, el aumento del estrés y la vida virtual empobrecieron estos estímulos. No es que no pasó nada: pasó menos de lo que debía o pasó desfasado.

En la adolescencia, etapa en la que se combinan una hiperactivación límbica con una corteza prefrontal inmadura, el confinamiento redujo los espacios de exploración identitaria y amplificó la ansiedad y la impulsividad digital. La amnesia infantil muestra que, aunque no recordemos conscientemente los primeros años de vida, las experiencias tempranas dejan huellas funcionales y estructurales profundas. Las memorias inconscientes emocionales, procedimentales y adictivas impactan en la conducta futura.

El cerebro infantil nace con más neuronas que el adulto y requiere procesos de poda sináptica organizados por sistemas inhibitorios como el GABA. 

Estos mecanismos ordenan la información, cierran ventanas temporales y permiten avanzar en el desarrollo. Cuando estos procesos se alteran, el ingreso de información puede volverse caótico.

Inteligencia artificial, decisiones y autonomía humana

La inteligencia artificial también desafía nuestra noción de toma de decisiones. Mientras luchamos por equilibrar la emoción y la razón, los algoritmos pueden introducir nuevos sesgos que complican aún más este proceso. 

Los algoritmos no solo calculan: también deciden. Lo hacen con la frialdad de la estadística, pero con efectos reales en la vida cotidiana. Existe controversia también sobre la limitación del lenguaje versus la mayor capacidad de búsqueda, según si la inteligencia artificial se utiliza bien o mal aplicada.

Si bien la inteligencia artificial producirá cambios, permitirían dudar de estos como contraevolutivos. La invención de la imprenta, la máquina de vapor, la computación o Internet no solo no nos afectó negativamente, sino que muchos plantean que aumentó nuestra cognición. El desafío no es nuevo. 

Cada revolución tecnológica generó temores similares: la imprenta, la máquina de vapor, Internet. Todas transformaron nuestra cognición, pero ninguna nos extinguió. La diferencia radica en la velocidad y el alcance. Mientras que la máquina de vapor necesitó siglos para expandirse, la IA se multiplica en meses, integrada a la vida cotidiana de miles de millones.

El dilema es doble: cómo regular un poder global en un mundo fragmentado por tensiones geopolíticas, y cómo preservar la cognición humana frente a máquinas que prometen resolver problemas más rápido de lo que jamás podríamos.

El riesgo es que esas decisiones no solo nos sesguen, sino que desplacen la frontera de lo humano. La dependencia de la tecnología y la inteligencia artificial podría llevarnos a un nuevo tipo de ser humano, marcado por la dependencia y la pérdida de autonomía, en lugar del progreso que promete la tecnología.

El desafío de la IA no sería entonces solamente qué nuevas capacidades nos brinda, sino también qué capacidades dejamos de ejercitar cuando comenzamos a delegarlas.

 

Fuente: BAE NEGOCIOS

* Neurólogo y Psiquiatra, PhD.  Profesor Titular y Decano, Facultad de Ciencias Médicas (UBA). Director de @alzheimerargentina.
 

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