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El estigma del monte: La leyenda de La Lorenza el juicio por "brujería"

Hacia finales del siglo XVII, adentrarse en los valles de Traslasierra era perderse en una geografía indomable de quebradas profundas y algarrobos viejos.

El estigma del monte: La leyenda de La Lorenza el juicio por "brujería"

Hacia finales del siglo XVII, adentrarse en los valles de Traslasierra era perderse en una geografía indomable de quebradas profundas y algarrobos viejos.

En los pequeños caseríos dispersos entre las rocas, la medicina de los doctores que venían de la capital no existía. Para sobrevivir a las pestes, al bocio o a las fiebres malditas, los paisanos solo tenían una opción: acudir al monte. Y en el monte gobernaba ella.

Le decían La Lorenza.

Nadie sabía con certeza de dónde había venido ni cuántos años cargaba en sus espaldas encorvadas. Vivía en una choza rústica de piedra y barro, camuflada entre las quiebras de la sierra, un lugar donde el viento silbaba con un sonido que ponía la piel de gallina. Lorenza conocía cada raíz, cada resina y cada hierba capaz de calmar el dolor o de apagar una fiebre. Durante el día, los lugareños subían sigilosamente a buscar sus ungüentos y remedios; la respetaban y la necesitaban.

Pero cuando la noche cerraba el valle en una oscuridad absoluta, el respeto se transformaba en un terror visceral.

El Pacto de las Sierras

Las leyendas locales comenzaron a susurrarse al calor de los fogones. Decían que Lorenza no recolectaba sus plantas bajo la luz del sol, sino en las madrugadas sin luna, conversando con lenguajes que no pertenecían a los hombres. El mito creció cuando varios arrieros juraron haber visto extrañas luces rojizas danzar en lo alto de los cerros más inaccesibles, acompañadas por un eco de risas heladas que rebotaban en las paredes de piedra.

Pronto, el rumor cruzó las Altas Cumbres y llegó a oídos del brazo más implacable de la Iglesia en Córdoba: el tribunal del Santo Oficio de la Inquisición.

Los inspectores eclesiásticos bajaron al valle impulsados por las denuncias de los vecinos más temerosos. Los mismos que antes le pedían remedios, ahora la acusaban en voz baja para salvar sus propias almas. Dijeron que Lorenza no era una simple curandera, sino una hechicera que realizaba aquelarres en las cavernas ocultas de las sierras. La acusaron de adorar a entidades oscuras y de poseer el don más temido del folclore rural: el chamanismo transformativo.

Aseguraban ante las autoridades que, en las noches de tormenta, la choza de la anciana quedaba vacía y que en su lugar aparecía una enorme ave negra de ojos inyectados en sangre que sobrevolaba los techos de paja del pueblo. Otros aseguraban que la habían visto transformarse en el mismísimo Almamulaesa criatura espectral encadenada que arrastra un lamento desgarrador por los caminos de tierra, purgando pecados imperdonables.

El Juicio y el Eco del Viento

Lorenza fue capturada en una madrugada fría de invierno. Cuentan las crónicas de la época que no ofreció resistencia, pero que su mirada fija y sus labios resecos no dejaron de murmurar una salmodia incomprensible mientras la bajaban del cerro atada de manos. Su juicio marcó a fuego la memoria de Traslasierra. Fue condenada por brujería y desterrada a los confines del territorio, y su choza fue reducida a cenizas para borrar cualquier rastro de sus prácticas.

Sin embargo, el fuego no pudo quemar el mito.

Los viejos del campo afirman que el alma de La Lorenza nunca abandonó las sierras que tanto conocía. Hoy en día, cuando el viento del sur golpea con fuerza las ventanas descascaradas en las noches de invierno, los paisanos aseguran que no es solo el clima. Dicen que son los lamentos de la vieja curandera, que todavía ronda las quiebras de los cerros, buscando las hierbas que el fuego le quitó y reclamando el monte que, por derecho de sangre y misterio, siempre le perteneció.

 

 

 

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